Quien recibe tu propuesta no la lee: la hojea. Decide en menos de un minuto si merece atención y después busca el precio. Todo lo que pongas entre la portada y esa decisión juega en tu contra si no está ordenado.
El orden clásico está del revés
La propuesta habitual empieza por quiénes somos, sigue con nuestra metodología y llega al cliente en la página seis. Ese orden tiene sentido para quien la escribe y ninguno para quien la lee.
Dale la vuelta: el problema del cliente, con sus palabras, en la primera página. Lo que propones, en la segunda. Qué cuesta y cuándo, en la tercera. Quién eres, al final, cuando ya le interesa saberlo.
Si tu propuesta necesita cinco páginas para hablar del cliente, ya has perdido. El nombre de tu empresa no es la primera información relevante.
Una página, una idea
La tentación es aprovechar el espacio. El resultado son páginas con cuatro mensajes donde no se distingue el importante. Una página debería poder resumirse en una frase; si no puedes, es que hay dos páginas dentro.
El precio no se esconde
Enterrar la cifra al final no evita la conversación, solo la retrasa y añade desconfianza. Ponla donde se espera, con el alcance al lado. Un precio con contexto se discute; un precio suelto se compara.
Tres cifras valen más que veinte
- Una que dimensione el problema.
- Una que muestre lo que cambia si se hace.
- Una que sitúe la inversión frente a esas dos.
El resto de los datos, a un anexo. Nadie ha ganado un concurso por incluir el gráfico número catorce.
Cierra con una decisión, no con un «gracias»
La última página debe decir qué pasa ahora: quién firma, cuándo empieza, qué necesitas de su parte. Una propuesta que termina agradeciendo la atención deja al cliente sin siguiente paso.


